Y la tranquilidad de la noche es alarmante.
Este verano que compite con el infierno.
Se derriten los huesos, la cabeza te pesa y cada paso es aun más delirante.
Tus ojos se oscurecen de a ratos. El calor es agobiante.
Estás sobre tus pies, pero a la vez flotás sobre Buenos Aires.
Calles inundadas por un silencio de tumba.
Ni un alma respira, sólo retumban los suspiros.
Lamento de tu vida, al verse sometidas sus dos fuerzas, de voluntad y física.
Y duele pensar, arde querer y quema saber.
Esa esperanza se desvanece junto con la lluvia que vino y se fue.
Sólo un rastro húmedo de alivio momentáneo, que ahora se evapora al olvido.
Recuerdos.
Mirar, analizar, contemplar y observar.
Si, con este peso en tu cabeza diferencias.
Rutina de ese lapso de tiempo que esperabas, ese futuro, que ahora es hoy.
Desesperanza, cansancio, tristeza y añoranza
. Llegó llevándose esas pequeñas cosas.
Sonrisas, abrazos; placeres momentáneos.
Infierno temprano, cárcel pasajera, tortura temporal.
¿Y dónde está el disfrute eterno que soñabas?
No era más que un breve momento…
Y el calor empieza a hervir la sangre.
Tu cuerpo, tu organismo se desnaturaliza.
Tu mente colapsa.
No es el verano lo que te derribó,
sino ese sentimiento de reconocer lo que irremediablemente llegó. ¿Preparado?.
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Rompa el silencio, pues.