Y la columna empezó a engrietarse, a mostrar señales de vejez, de mal material. Esa columna no iba a sostener nada. Esa columna se iba a demoronar. Y asi como ella, el techo, y las demás columnas. Un desastre estaba por ocurrir.El cielo susurraba el advenimiento de una tormenta, mientras la tarde se apagaba tornándose gris en vez de oscurecerse.
Las nubes se iban juntando, chocando, e iban poniendo de acuerdo para encajar una al lado de la otra como si ahora se tratase de un rompecabezas. La calma estaba instalada momentaneamente. El viento no quería adelantarse todavía, no queria romper ese silencio temeroso.
Nada evitó el desastre. La belleza de aquel que en un apocalíptico toque de descontrol destruye fascinando a sus victimas. Obsesionándolas luego. Maldito cielo tormentoso.
Cayó la lluvia violentamente, no hubo garúa. Fue un golpe sin más.
La columna quebró. El techo cayó. Las demás columnas no pudieron soportar el peso de lo insoportable, de lo inevitable, de lo inexorable.
El viento lloraba y soplaba gritos entre las ruinas.
El fin de las cosas que conmovio su naturaleza.
Ese cielo que te hacia creer infinito te venció, y te sometio a un espacio insulso, donde la lluvia te ahogó.

¡A la pelotita! Me gustó. Mucho.
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