
Quizás ya no habite en la estepa, pero traje su cuerpo a mi cueva y despojándolo de sus ropas, me apoderé de sus órganos vitales.
Cuando quise sacrificar el lado débil de mi mente ayer, mis músculos acabaron por ceder y bailé entre sombras con un igual.
Yo no le temo a él más de lo que me temo a mí. Todavía mi garra huele a su pelo... Me relamo, me paso un antebrazo por la pera y suspiro. La sed de sangre se cura asesinando una luna.
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Rompa el silencio, pues.