en aquel último piso de la calle Rodríguez Peña,
te esperé inspirando cada vez más fuerte el aire,
que traería triunfante un poco de Annais Annais al pasillo.
De espaldas al ascensor que me aterrorizó durante 9 años
-y que jamás frenó al nivel del suelo-,
mi oído tiraba sus redes al mar de la ausencia,
dónde una, dos o tres caricias de tus suelas
acariciaran la alfombra desteñida que me había resentido tantas veces las rodillas.
Girando la cabeza de cuando en vez hacía las escaleras,
mansas en la fría oscuridad de esta tarde en el centro,
-y malvadas cuándo uno descubre su primer vértigo-,
yo miré a través de la mirilla de la puerta
que ahora yacía rota sin guardar ningún misterio,
esperando que esa mirada sabia que tanto adoraba,
sonriera y se pasara una mano por el cabello.
Ese Domingo a la tarde,
la puerta, el pasillo y la escalera palparon mi hombro,
la puerta, el pasillo y la escalera palparon mi hombro,
y lo salaron en un helado silencio.
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Rompa el silencio, pues.