A la gente le encanta el eco de su yo.
Vozarrones que hacen afirmaciones irrelevantes por doquier, carcajadas forzadas de duración y timbre inusual.
¿Es necesario?
Hace un par de semanas, subida al avión que me llevaría al Chaco, me encontré con una de esas personas que pretenden que ese momento glorioso frente a desconocidos los inmortalice.
Yo me encontraba ya sentada y del lado del pasillo leyendo y esperando a que despegase el avión, mientras a mi derecha, en el pasillo se podía observar una fila de gente atascada esperando que alguno terminase de guardar su bolso en el guardaequipajes.
Ahora, justo junto a mi asiento se encontraba una mujer que rondaba entre los 30 y 40 años y tarareaba de manera burlona (aseguro que no se trataba de que canturreaba para sus adentros de forma alegre). Cuándo levanté la vista para formarme la primera impresión me dirigió una mirada soberbia, tarareando aún y echándole una ojeada de desprecio a mi libro, a lo que pensé "Ma' sí, esta está loquita", a lo que seguí en la mía.
A los pocos minutos, la mujer se pone en postura (aun detenida junto a mi asiento) y exclama con enojo y un tono de monólogo que parecía querer relatar una revelación de suma importancia para el futuro de la humanidad: "LA VERDAD QUE VIVIMOS EN UN CONSTANTE ESTADO DE TRÁNSSITO(La palabra tránsito con un dejo despectivo en la "s"). TRÁNSITO DE COSAS Y DE IDEAS..."
A todo esto, yo pensé "Excelente, ¿Qué querés demostrar? ¿Que te proclamás la última discípula viva de Sócrates? ¿O que realmente te parece de vital importancia que el mundo te escuche por unos segundos para que te recuerden como la mujer que dijo algo ocurrente en un vuelo con destino la ciudad de Resistencia?"
Acá es cuándo Kundera, que ya la tenía caladísima, dice:
"...Agnes se acordó de la desconocida que poco antes les había comunicado a todas que odiaba la ducha caliente. Había ido para poder darles a conocer a todas las mujeres presentes que: 1) le gusta el calor cuando está en la sauna, 2) adora el orgullo, 3) no soporta la modestia, 4) ama la ducha fría, 5) odia la ducha caliente. Con estos cinco trazos había dibujado su autorretrato, con estos cinco puntos había definido su yo y se lo había ofrecido a todas. Y no modesta (¡ya había dicho que no soportaba la modestia!), sino combativamente. Había empleado verbos apasionados, adoro, no soporto, me da asco, como si hubiera querido decir que por cada uno de los cinco trazos del retrato, por cada uno de los cinco puntos de la definición, estaba dispuesta a ir a la lucha.
¿Por qué esa pasión?, se preguntó Agnes, y se le ocurrió lo siguiente: Cuando nos escupieron al mundo tal como somos, tuvimos en primer lugar que identificarnos con esa jugada de dados, con esa casualidad organizada por la computadora divina: tuvimos que dejar de asombrarnos de que precisamente esto (lo que vemos frente a nosotros en el espejo) fuera nuestro yo. Sin la fe en que nuestro rostro expresa nuestro yo, sin esa ilusión básica, sin esa protoilusión, no podríamos vivir o al menos no podríamos tomarnos la vida en serio. Y no bastaba con que nos identificáramos con nosotros mismos, era necesario que nos identificáramos apasionadamente, a vida o muerte. Porque sólo así podemos considerarnos no como una de las variantes del prototipo hombre, sino como un ser que tiene su propia esencia irreemplazable. Este es el motivo por el cual la joven no sólo necesitaba dibujar su propio retrato, sino que quería al mismo tiempo poner ante todos de manifiesto que hay en él algo totalmente único e irreemplazable, por lo que vale la pena pelear y hasta dar la vida...”
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Rompa el silencio, pues.