Comenzaba a mojarse la alfombra. Mientras me envolvía en la toalla, levanté la vista a un techo que se levantaba sobre mí tan lejos que me enajenaba.
Las manchas de humedad parecían más frescas que nunca, una leve corriente movía lentamente las telarañas, y yo descascaraba porciones de pintura con los ojos, pensando en que, probablemente, esa sería la última vez que viera las uniones ennegrecidas de las baldosas del baño.
Me fui volteando hacia el espejo. Mientras el reconocimiento de mis propios ojos se iba manifestando junto con el ardor, trataba de discernir si en ellos había tristeza o simples rastros de sueño.
Ahora evitaba que ni una gota me acompañara a la sala, que iba a atravesar sin detenerme a mirarlo a él, quien sabía que estaría acostado del lado izquierdo de la cama, en calzones -pierna flexionada, pierna extendida- mirando la pantalla del teléfono.
Mientras elegía el orden de las extremidades que iba secando, me debatí si la ducha habría sido una mala idea, y si, acaso, esos quince minutos, solitaria, mirando las telarañas, las manchas de humedad, dos cucarachas muertas escondidas detrás del inodoro, y la descascarada pared, habrían sido mejor invertidos acostada junto a él, mirándome a mí, y no a la pantalla, con mis piernas secas, pero derramadas entre las suyas.
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Rompa el silencio, pues.