"Ahora, de pronto, aprovechando un silencio, la tarde reveló que pasaba, que no había prometido eternizarse en el salón del hotel ni eternizar la penumbra cálida, las líneas de oro y polvo en las ventanas, el quinteto de adolescentes en los sillones de mimbre, los ruidos claros, exentos de hielo, vidrios y fichas que sonaban en el mostrador, falazmente lejanos, ilusoriamente comprometidos en la corroboración de un símbolo. 'A todos ellos los ayudé a nacer y tal vez estuve imaginando una especie de superioridad encima de sus alaridos, de sus cuerpos lívidos y miserables, tal vez imaginé que ellos aceptaban deberme alguna forma del agradecimiento. Y ahora llegaron a los quince años y empiezan a ocupar sus sitios y a desplazar, empiezan a creer que la vieja aventura tediosa y apasionante, la interminable reiteración de lugares comunes, se inicia con ellos y ellos la van descubriendo y creando. Y es verdad, tengo que aceptarlo; ellos van haciendo, entusiastas y sumisos, uno a uno, los capítulos de la inveterada historia y no saben que ella estaba antes, que vuelve a hacerse con ellos, que los hizo y los hace a ellos para consumar su porfía maniática.' "
El Doctor Díaz Grey. Capítulo XXX. "Juntacadáveres" de Onetti.
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Rompa el silencio, pues.