sábado, 31 de enero de 2015

"Ahora, de pronto, aprovechando un silencio, la tarde reveló que pasaba, que no había prometido eternizarse en el salón del hotel ni eternizar la penumbra cálida, las líneas de oro y polvo en las ventanas, el quinteto de adolescentes en los sillones de mimbre, los ruidos claros, exentos de hielo, vidrios y fichas que sonaban en el mostrador, falazmente lejanos, ilusoriamente comprometidos en la corroboración de un símbolo. 'A todos ellos los ayudé a nacer y tal vez estuve imaginando una especie de superioridad encima de sus alaridos, de sus cuerpos lívidos y miserables, tal vez imaginé que ellos aceptaban deberme alguna forma del agradecimiento. Y ahora llegaron a los quince años y empiezan a ocupar sus sitios y a desplazar, empiezan a creer que la vieja aventura tediosa y apasionante, la interminable reiteración de lugares comunes, se inicia con ellos y ellos la van descubriendo y creando. Y es verdad, tengo que aceptarlo; ellos van haciendo, entusiastas y sumisos, uno a uno, los capítulos de la inveterada historia y no saben que ella estaba antes, que vuelve a hacerse con ellos, que los hizo y los hace a ellos para consumar su porfía maniática.' "

El Doctor Díaz Grey. Capítulo XXX. "Juntacadáveres" de Onetti.

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